Hay algo entre los porteños y la nostalgia. Algo muy difícil de explicar. Es una relación de amor-odio. Amor-odio y alguna melancolía que aparece de a ratos. Pero no es una melancolía triste. No, para nada. Mucho menos depresiva. Cumplidos los 20, o bueno, capaz los 21 o 22, los porteños solemos haber superado nuestra depresión profunda/ crisis existencial/ cuestionamiento sobre el correcto funcionamiento del universo. Lo dejamos (un poco) atrás. Porque el pasado es mejor olvidarlo. Bueno, no olvidarlo. Pero es mejor mirar adelante.
Sin embargo podríamos haber sido tan grandes….
Buenos Aires es una ciudad que fue algo. Que fue algo que no llegó a ser. No llegó a ser eso que soñaban nos contaban nuestros abuelos cuando éramos chicos. Eso que aún creemos que podría llegar a ser, sólo si….
Buenos Aires no sería lo que es sin esa sensación de lo que podría haber sido. Sin convivir con la realidad siniestra de un país con el que no nos identificamos, por más de ser profundamente argentinos. Ese país que amamos y que nos roban. Que nos sacan de las manos. Que vemos cómo destruyen delante de nuestras caras. Como si fuéramos imbéciles. Como si nos pudiéramos creer sus mentiras. Como si no pudiéramos hacer nada.
Buenos Aires tiene una especie de magia. Ninguna calle, por más librerías que tenga, ha podido regalarme la misma sensación que las librerías viejas de usados de la calle Corrientes. No hay libreros igual. Tampoco el mismo orden de libros, o las mismas escaleras de pie, de madera, apoyadas de la misma manera sobre estanterías infinitas de libros de tapa dura y tapa blanca desteñida.
En otros países los bares tampoco son iguales. No quedan escondidos entre calles empedradas con tráfico imparable, ni están abiertos hasta las 5 de la mañana, venden cervezas de litro para compartir ni pasan rock nacional. Porque es muy difícil encontrar bares con rock nacional fuera de Argentina y los países cercanos. Los pocos que existen suelen estar llevados por argentinos. Y esto hay que decirlo: por lo general, son fantásticos.
No he visto facultades de arquitectura abandonadas y torcidas por haberse construido mal y haber quedado en medio de una villa, ni ríos marrones que de tan anchos lleguen al final de horizonte, como si quisieran ser un mar, ni que se pongan igual de alterados ante la más mínima sudestada. El café no se toma tan caliente, ni te calientan la taza. Y el punto de la carne… ay el punto de la carne.
¿Otro ejemplo? La estación Perú de la línea A. O la línea A. Toda ella. Un hueco detenido en el tiempo. Vagones de madera con asientos de terciopelo y lámparas de comedor. Y una estación con publicidades de los años 40 o 50 enmarcadas como cuadros. Esto no es habitual. No es normal. Ni es algo con lo que uno pueda encontrarse en cualquier otra ciudad del mundo.
Solemos pensar que estas cosas tan nuestras en realidad han existido antes, en algún otro lugar, y que nosotros no hemos hecho más que copiarlas. Que al conocer capitales europeas tendremos unas sensaciones diferentes, veremos otros sitios que nos dejarán con los ojos abiertos, y que ya nunca más nos volverá a entusiasmar lo mismo.
Pero todo esto es un cuento. Un mito. Sí es cierto que existen lugares donde se vive mejor, espacios que derraman creatividad y muchas construcciones, plazas, iglesias y museos que nos dejarán los ojos y la boca abierta. También hay ciudades que a la vista son más lindas, y donde probablemente alcancemos una tranquilidad que en Buenos Aires es impensable.
Sin embargo, y a pesar de todo, la sensación de Buenos Aires sigue siendo distinta. Es ese desequilibrio. Ese caos imposible de organizar. Esas calles con sus empedrados y baches. Ese tren abarrotado de gente y con olor a mierda.
Y es también esa cafetería con lámparas de décadas, mesas de madera y ventanales de vidrio donde entrar saliendo del subte y después de correr unos metros bajo la lluvia –porque allá llueve mucho. Y donde pedirse un cortado sin tener que recordar que nos calienten la leche, sentarnos en una mesa no muy cómoda pero sí acogedora, agarrar el suplemento económico y sumergirnos –indignados- en las últimas decisiones del Banco Central y el Ministro de Economía. Como si pudiéramos hacer algo, como si tuviéramos la solución a todo, como si el tiempo no existiera, mientras la lluvia pesada sigue cayendo fuera y nuestro café caliente se enfría sobre la mesa.



































